Berlín: 
Emblema del siglo XX, Vanguardia del Nuevo Milenio

Resumen

El siglo XX, con sus profundos cambios y sus conflictos bélicos, ha visto cambiar la faz de las ciudades en todo el orbe. Esto es particularmente cierto en Berlín, que luego de haber sido restituida como capital de Alemania reunificada, recibe el nuevo milenio con su corazón renovado y remienda profundas heridas, producto del devenir político de esta centuria que tocó fin precisamente en esta ciudad el 9 de noviembre de 1989, al caer el muro que la dividió durante 28 años

Arquitecta Isaura González Gottdiener

Situada en el centro de Europa, desde su fundación a mediados del siglo XIII fue punto de encuentro comercial entre Oriente y Occidente junto con su vecina Cölln. Asentadas respectivamente sobre la ribera oriental y una isla del río Spree, en 1308 las poblaciones se unificaron administrativamente y a finales del siglo XV el castillo de Cölln se convirtió en residencia permanente de los Hohenzollern, electores de Brandemburgo.

Con la Guerra de los 30 años se dio la primera devastación de la ya floreciente ciudad. Federico Guillermo de Brandemburgo la reconstruyó y amplió, y recibió, tras la renovación del Edicto de Nantes en el siglo XVII, a grupos de hugonotes franceses y protestantes holandeses que trajeron consigo nuevas profesiones y un espíritu abierto, con lo que la urbe estableció su vocación de modernidad y multiculturación.

A partir de ahí, Berlín se convirtió en un resplandeciente centro de la Ilustración al tiempo que fungió como capital del Imperio Alemán, con lo que se acentuó su función burocrática. La temprana introducción de la industria originó un boom demográfico espectacular: de 172 mil habitantes en 1800 pasó a 428 mil en 1859, y a dos millones en 1905.

En el siglo XIX, Schinkell construyó sus magníficos edificios neoclásicos que convivieron con espacios públicos y monumentos barrocos ordenados por grandes avenidas. La edificabilidad se limitó a 24 metros y aparecieron las viviendas de alquiler. El Reischtag, mudo testigo de los días por venir, ocupó un solar más de la pujante ciudad que se convirtió en el Gran Berlín en tiempos de la República de Weimar.

Berlín condensa la historia europea del siglo XX

Durante el período de entreguerras, la capital alemana fue la ciudad más animada y moderna de toda Europa. Sus calles y plazas cobraron fama mundial. Doce años de esplendor fueron abruptamente frenados con la llegada de Hitler al poder en 1933. Berlín , que fuera opositora al nazismo, se convirtió en su centro de mando y sufrió con la guerra su más terrible destrucción.

   “Las ruinas de Berlín deben ser conservadas como una Babilonia o una Cartago moderna, como un signo del rechazo al militarismo prusiano y al régimen nazi. La ciudad ha muerto por completo. Se recorren kilómetros a través de ruinas humeantes y no se encuentra nada habitable. Esta ciudad jamás podrá ser reconstruida”. Tales fueron las palabras que Arthur Tedder, mariscal de aviación británico, profiriera al recorrer los 80 millones de metros cúbicos de escombros que resultaron de la guerra. Sin embargo, no solo el ave fénix resurge de las cenizas, y la Alemania dividida se dio a la tarea de reedificar su otrora capital, dividida entonces en dos bloques políticos contrapuestos.

De las ciudades se recuerdan sus monumentos, sus calles, sus plazas. Por casi tres décadas el muro es la identidad de Berlín. Urbanismo socialista en el este, ciudad cosmopolita en el oeste, cada polo invierte en la reconstrucción de su sector millones en un afán por demostrar su supremacía. Las calles y plazas cambian de vocación y se establecen nuevos centros urbanos. Puestos fronterizos tales como el Checkpoint Charlie se convierten en iconos de la guerra fría.

La fisonomía de la ciudad se transforma. Walter Gropius, Alvar Aalto, Scharoun, Schüler y Mies van der Rohe son algunas de las figuras de la arquitectura internacional que intervienen en la reconstrucción de Berlín Occidental. Modernos edificios, calles bulliciosas y transitadas y anuncios luminosos contrastan con la calma oriental donde grandes avenidas y austeras plazas recuperan los antiguos edificios históricos junto a nuevos bloques alineados simétricamente que siguen los cánones de la arquitectura socialista. Polos opuestos, ambas mitades crecen protegidas por sus sistemas y curiosas miradas atraviesan la frontera de 207 km de concreto, minas, escuchas y torres de vigilancia, buscando en el otro lado su contraparte perdida.

1989 trae consigo vientos nuevos. La cortina de hierro se derrumba con una celeridad que asombra al mundo entero. El 9 de noviembre miles de alemanes festejan eufóricos la apertura de los 81 puertos fronterizos que dividieran la ciudad emblemática de la segunda mitad del siglo XX. Una nueva historia comienza para Berlín y las propuestas para su recuperación urbana no se hacen esperar. Mientras se desata la polémica acerca de su restitución como capital de la Alemania reunificada, arquitectos y urbanistas la convierten en un laboratorio de ideas que acusan todo tipo de soluciones. Hoy, de la gran cicatriz dejada por el muro retoña la traza urbana que tuviera en su época de esplendor, y modernos edificios surgen de sus viejas entrañas para situarla de nueva cuenta como la metrópoli europea más moderna de su tiempo.

La ciudad renace desde sus entrañas

Las ciudades son bellas porque son creadas lentamente; están echas de tiempo. Una ciudad nace de una maraña de monumentos e infraestructuras, cultura y mercado, historia nacional e historias cotidianas. Toma cinco siglos crear una ciudad y cincuenta crear un barrio. (Renzo Piano)

Recrear los barrios berlineses que cobraran fama durante los años veinte es una labor titánica que no tiene precedentes en la historia del urbanismo moderno. Un bosque de grúas trabaja afanosamente en Berlín y los actores de la mayor obra inmobiliaria que se lleva a cabo en el planeta son conocidas empresas internacionales y las estrellas de la arquitectura mundial. Las obras se han convertido en el museo más visitado de la ciudad y también en la factura más costosa que está pagando el gobierno alemán tras la reunificación.

Se calcula que cuando la reordenación haya finalizado habrá 500 mil viviendas nuevas, 200 mil (principalmente en el Este) reconstruidas, 11 millones de metros habilitados para oficinas, además de otro millón para centros comerciales, y la realización de un gran complejo de infraestructuras que incluye obras de canalización, túneles en el subsuelo y el dragado de inmensas superficies de terreno con el fin de combatir las aguas freáticas sobre las que se asienta esta gran ciudad. Además, el traslado del gobierno federal está generando la construcción de varios edificios oficiales y la rehabilitación de otros como el legendario Reischtag, incendiado en pleno nazismo y vacío desde entonces, y reconvertido ahora con la intervención de Norman Foster, en sede del Bundestag.

La recuperación de la Postdamerplatz, que fuera antes de la guerra el corazón de la ciudad, pretende que ésta sea nodo entre los dos Berlines que tras 10 años de vivir sin muro continúan separados. Este inmenso espacio de 67 mil metros cuadrados alojará un complejo comercial y de oficinas en el que ya destacan elegantes siluetas como la de la nueva sede central de la compañía automovilística alemana Mercedes Benz, obra del italiano Renzo Piano, o las de la multinacional Sony de Arata Isozaki. La llamada “franja de los muertos”, que se prolonga hasta la puerta de Brandemburgo, es el lugar crítico de la reconstrucción por haber sido tierra de nadie y nostalgia de muchos. El plan urbano de los alemanes Hilmer & Satter retoma la traza del siglo XIX: terrazas de cafés, ciudadanos paseando, comerciantes ofreciendo su mercancía, la yuxtaposición de bloques de viviendas, oficinas, comercios y fábricas en los patios. Rafael Moneo, Georgio Grassi y Richard Rogers, junto a otros arquitectos de renombre, ven surgir sus obras próximas a la Filarmónica de Scharoun y la Galería Nacional de Mies. Los asombrados paseantes observan la magnitud de esta empresa dese el Info-Box, edificio provisional que se alza en medio de las construcciones.

Otras calles que vuelven a tomar vida son la Fredrichsrasse y la mítica Unter den Linden, la avenida bajo los tilos que fuera eje de la ciudad y por la que desfilaban los ejércitos prusianos y los hitlerianos. Durante los años de la guerra fría fue sede de las embajadas de las potencias del Este y en ella se paseaban probablemente la mayor cantidad de espías del mundo. Hoy, recuperada su vocación turística y comercial, opaca incluso a la Kurfürsteedamm, la fulgurante Ku’damm que deslumbrara con sus escaparates a los alemanes del este ajenos a los patrones de la sociedad de consumo.

La reordenación de espacios como la Alexanderplatz que inspirara su célebre novela a Alfred Döblin (Berlin Alexanderplatz), sigue inmersa en la polémica. Convertida en un frío monumento del realismo socialista, la plaza que a principios de siglo concentrara la vida cultural y nocturna de Berlín será difícil de recuperar. La torre de televisión, símbolo del poderío tecnológico del Este alemán, espera vigilante que los planificadores decidan su suerte. Lo mismo les sucede a muchos edificios que tras la guerra quedaron olvidados y hoy permanecen en pie esperando que la piqueta los derrumbe.

Otros espacios como la isla de los museos, tienen el futuro más claro y recuperan la grandeza y belleza que tuvieron durante siglos. El barrio de Kreuzberg, que por su cercanía con el muro era habitado por turcos y artistas, hoy es disputado por las clases altas y en Pankow las antiguas casas de diplomáticos y dirigentes del gobierno democrático se convierten en residencias o casas de cultura. De este modo la ciudad se reinventa día con día y encara, a pesar de las dificultades, el futuro con optimismo. Incluso en el ya mítico Checkpoint se construye un edificio vanguardista de oficinas que se llamará Berlin Checkpoint Charlie Plaza.

Las cicatrices que el tiempo debe borrar

La reunificación Berlín no sólo se ha topado con el contraste urbano entre ambas partes sino con la duplicidad de sus elementos. Hay dos torres de televisión, dos museos de cada especie, dos galerías nacionales, dos parques zoológicos y hasta tres aeropuertos. La reordenación de estos espacios enfrenta un grave problema, sobre todo de tipo presupuestal, ya que la caída del muro trajo consigo un importante recorte de fondos que los otrora mimados habitantes de esta urbe han recibido sin mucho entusiasmo. En el plano social es donde más se aprecia lo complejo que resulta unir las dos mitades. Tras la euforia del ansiado derrumbe, ossis y wessis siguen habitando sus antiguos barrios y el mestizaje entre ambos prácticamente no se ha dado; un nuevo muro existe ahora en las conciencias que esperan la solución de sus problemas con la llegada del gobierno federal.

He visitado Berlín en cuatro ocasiones, dos antes de la caída del muro y dos después. Muchas de las imágenes que evoco son sólo diapositivas de mi memoria. Cruzar la frontera en el Checkpoint Charlie constituye una experiencia histórica irrepetible. Subir a la torre de televisión en Alexanderplatz y observar a los alemanes del este mirar hacia la otra mitad como algo lejano e inalcanzable es un recuerdo más de la guerra fría. Hoy, la flamante capital alemana reconoce sus nuevos límites y deja atrás sus fantasmas. Poblada de inmigrantes, vuelve a ser el crucero de Europa y busca en sus cicatrices su identidad rota.